La sexualidad al servicio del amor

Sí, leíste bien el título, sexualidad al servicio. Tal vez para algunos pueda sonar algo extraño, ya que muchos ven la sexualidad como lo que se busca para satisfacerse a sí mismo, sin embargo, esa perspectiva nos lleva a ver al otro como posesión, utilizándolo como objeto y aleja a la sexualidad de un camino de servicio y comunión. 

Esta distorsión pareciera ser el común denominador entre las personas debido a los mensajes que se dan desde temprana edad por los medios comunicación, las primeras incompletas informaciones sobre sexualidad que se tienen, y conforme se crece en edad el cómo se percibe la sexualidad en el ambiente familiar, de trabajo y con los amigos.

Es importante detenernos aquí y pensar ¿cómo he llevado la sexualidad en mi vida? ¿cómo vivo mi sexualidad en mi matrimonio con alegría, respeto, maravilla? o por el contrario ¿con indiferencia, posesividad?

La sexualidad es integral tiene que ver con la persona humana en todas sus dimensiones, y por ende cuando compartimos con nuestro cónyuge este acto nos estamos dando por completo, damos todo nuestro ser no solo la parte corporal sino también nuestra parte espiritual.

Es una realidad que el ser humano está llamado al amor, fuimos creados para amar y ser amado; nos dice el Pontificio consejo para la familia en Sexualidad Humana Verdad y Significado: “La persona es, sin duda, capaz de un tipo de amor superior: no el de concupiscencia, que sólo ve objetos con los cuales satisfacer sus propios apetitos, sino el de amistad y entrega, capaz de conocer y amar a las personas por sí mismas. Un amor capaz de generosidad, a semejanza del amor de Dios, se ama al otro porque se le reconoce como digno de ser amado. Un amor que genera la comunión entre los cónyuges, ya que cada uno considera el bien del otro como propio. Es el don de sí hecho a quien se ama, en lo que se descubre, y se actualiza la propia bondad, mediante la comunión de personas y donde se aprende el valor de amar y ser amado.”

Entonces, la sexualidad en el matrimonio es un don de Dios, la sexualidad hay que entenderla y vivirla como una expresión de amor, de donación. Cuando esto se vive así el amor conyugal se fortalece, se crea una fuerza que enriquece y hace crecer a los esposos y se construye la civilización del amor;  fuera de esto pierde su sentido y se convierte solo en un acto egoísta, vacío, donde el otro se vuelve una cosa.

Interiorizando esto empezamos a desmitificar ciertas creencias, por ejemplo, no es es cierto que el buen sexo hace que un matrimonio sea bueno, al contrario, un buen matrimonio hace que sexo sea bueno. No es la actividad sexual la que sostiene la vida de pareja, sino que la vida de pareja sostiene la actividad sexual. Si no nos dedicamos a construir y nutrir nuestra relación como cónyuges, si no nos preocupamos en las necesidades que tiene el otro, etc. La parte sexual caerá y perderá su sentido. Dice San Juan Pablo II que en la intimidad conyugal están implicadas las voluntades de los dos, por tanto, se requiere de crecer muchas virtudes como la paciencia, empatía y por supuesto compromiso. 

Claramente esto implica sacrificio, pero es así como el amor conyugal se vuelve más profundo, se experimenta la libertad y el amor auténtico. Esto trae grandes beneficios para los esposos, ya que de forma individual y juntos se desarrollan de forma integral, trayendo consigo beneficios para la familia, porque con ello se enriquecen de frutos espirituales venciendo el egoísmo y obteniendo herramientas que  ayudaran en los momentos de dificultad. 

La finalidad de la convivencia sexual de los cónyuges no es sólo el placer, sino la construcción de un vínculo de dos personas que se aman, esto no se puede ver solamente como una reacción del cuerpo, separada de una vivencia espiritual, pues no somos sólo cuerpo sino también espíritu, así que al mismo tiempo se da un encuentro entre dos almas. Verlo por separado hace perder su riqueza, como lo menciona la Encíclica Humanae Vitae el amor conyugal tiene cuatro características: es amor humano (sensible y espiritual), es amor total, fiel y fecundo.

Si hasta el momento no has vivido tu sexualidad en el matrimonio de esta forma te compartimos las palabras de Fray Ksawery en su libro Sexo como Dios manda: “Existe un proceso de maduración de la vocación por el matrimonio que transcurre en el tiempo. Los esposos que participan con conciencia en el proceso de crecimiento espiritual, lento, a veces difícil y con algunas caídas, aprenden a integrar su cuerpo con una emocionalidad y espiritual más elevada. El Espíritu Santo modela con paciencia un nuevo estilo de vida y de a poco los capacita para vivir más cerca del Evangelio”.

Tanto hombres como mujeres tenemos podemos tener dominio de nuestra sexualidad y vivirla conforme la voluntad de Dios, tenemos toda la capacidad de crecer en ese dominio de sí y lograr orientar nuestra sexualidad al servicio del amor.

Una sexualidad matrimonial al servicio del amor y de la vida es por lo que los matrimonios debemos de luchar para alcanzar, el mundo necesita esposos que den testimonio del gran valor del acto conyugal. ¡Ánimo!

Joss y Meli.

@eltallerdesanjose.cr

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